Se quiera o no, siempre es más confortable hacerlo así, sintiendo el fresco de la noche. Anoche, sin embargo, los zancudos debieron enfadarse de lo lindo al no encontrarnos dentro de la casa, porque cuando nos tuvieron nos cosieron como odres. Mire, doctor, ¿ve las ronchas por todo el cuerpo? No, deje, no se preocupe, nos aliviamos con vinagre. Ya sabe, el campo. Pues le digo que así nos dejaron a todos, salvo a Lirta. Y eso nos preocupa, doctor, porque algo debieron verle moscas y mosquitos para dejarle inmune, y a eso venimos, a que la examine usted por lo que pudiera ocurrirle. La niña come a gusto, hace bien de vientre, no tiene sudores ni escalofríos, nada que nos indique qué puede tener. Tan sólo que desde anoche no hemos conseguido que articule palabra. Pregúntele usted algo. ¿Ve? Nada, ¿verdad? Vuelva a preguntarle algo, pero acérquele ahora el oído a sus labios. ¿Lo oye? ¿Oye algo así como un zumbido persistente? Es todo cuanto sale de su boca. Usted dirá, doctor.
Ya, quizá no, asistió tantos... Vinieron también todos mis hijos: Nirgo, el mayor, Asgalio, Armisa, Tinuel, Frístino, Gauro y la pequeña Lirta. No es que todos le necesitemos, es que son gente joven, ya sabe, y les quedó de ocasión acercarse a la ciudad y asombrarse con las virtudes del progreso y las calamidades de la máquina. Así que el venir a verle a usted es para ellos una mera excusa, sabrá disculparles. Pero si vine con mi esposa es por Lirta, nos preocupa. Le cuento. Verá que estos días está haciendo un calor como almenos yo no recuerdo que hiciera nunca. Diríase que hace tanto que uno no encuentra ya sombras porque acabaron por evaporarse, e incluso el errante Ausbelio contaba divertido que había visto a un alacrán hirviéndole la sangre. Durante el día aún tenemos con que distraernos de él, pero de noche el calor se nos hace del todo insoportable. ¿No estuvo en casa? Es una casa pequeña y humilde, de poco muro, dormir allá dentro es como hacerlo envuelto en un guante de napa, ahoga. Así que estas noches de verano estamos durmiendo todos juntos arriba, en la azotea, al raso.
-Buenos días, doctor. Celebro encontrarle de nuevo. No aquí, ya me entiende, nunca es de gusto tener que saber de usted en consulta. Es verlo así, sin naipes de por medio, tan de blanco, con la seriedad de su oficio, doctor, y evocar las palabras de doña Aristeña cuando nos decía de bachilleres que el porvenir pasaba por los libros y no por los ganados. Claro que de aquella nadie podía pensar que los campos nos quedarían tan chicos. Pero ya me conoce, preferí quedarme allá junto a mis cabezas, ya ve. ¿Qué iba a hacer sino? La ciudad no ofrecía pastos, y nosotros, ¿qué íbamos a ofrecerle nosotros a ella? Mejor hizo usted, que supo ganar estudios bastantes y universitar, y ahí le vemos hoy, tan de blanco, recibiéndose de doctor. Le admiro el sacrifico, bien sabe quien debe. Ya vió que hoy no vine solo. Aquí me he con mi señora esposa Silnira, quizá la recuerde de haberle asistido algún parto.
El inspector Lascquard supo por el ajetreo de uniformados dónde podría encontrar el cuerpo. Se acuclilló junto a él y, apiadado por el golpe, lanzó la vista arriba, recorriendo la sarta de balcones que asomaban sobre la piscina de los apartamentos. Un compañero suyo, desde la ciento seis, le saludaba sonajeando la mano. Lascquard volvió al cuerpo: varón, a media treintena, desnudo salvo por las miradas, los calcetines de caña alta, el calzón de hilo blanco y un caro cronógrafo continental al que el inspector quiso prestar mayor atención. La manecilla corta había quedado detenida algo más allá del diez; la larga, más entrenada, había conseguido acercarse al tres. Una ventanita a la derecha del tercio central de la esfera dejaba ver un número de tipos reales: «23».