Ya, quizá no, asistió tantos... Vinieron también todos mis hijos: Nirgo, el mayor, Asgalio, Armisa, Tinuel, Frístino, Gauro y la pequeña Lirta. No es que todos le necesitemos, es que son gente joven, ya sabe, y les quedó de ocasión acercarse a la ciudad y asombrarse con las virtudes del progreso y las calamidades de la máquina. Así que el venir a verle a usted es para ellos una mera excusa, sabrá disculparles. Pero si vine con mi esposa es por Lirta, nos preocupa. Le cuento. Verá que estos días está haciendo un calor como almenos yo no recuerdo que hiciera nunca. Diríase que hace tanto que uno no encuentra ya sombras porque acabaron por evaporarse, e incluso el errante Ausbelio contaba divertido que había visto a un alacrán hirviéndole la sangre. Durante el día aún tenemos con que distraernos de él, pero de noche el calor se nos hace del todo insoportable. ¿No estuvo en casa? Es una casa pequeña y humilde, de poco muro, dormir allá dentro es como hacerlo envuelto en un guante de napa, ahoga. Así que estas noches de verano estamos durmiendo todos juntos arriba, en la azotea, al raso.
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