El inspector Lascquard supo por el ajetreo de uniformados dónde podría encontrar el cuerpo. Se acuclilló junto a él y, apiadado por el golpe, lanzó la vista arriba, recorriendo la sarta de balcones que asomaban sobre la piscina de los apartamentos. Un compañero suyo, desde la ciento seis, le saludaba sonajeando la mano. Lascquard volvió al cuerpo: varón, a media treintena, desnudo salvo por las miradas, los calcetines de caña alta, el calzón de hilo blanco y un caro cronógrafo continental al que el inspector quiso prestar mayor atención. La manecilla corta había quedado detenida algo más allá del diez; la larga, más entrenada, había conseguido acercarse al tres. Una ventanita a la derecha del tercio central de la esfera dejaba ver un número de tipos reales: «23».
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