-Buenos días, doctor. Celebro encontrarle de nuevo. No aquí, ya me entiende, nunca es de gusto tener que saber de usted en consulta. Es verlo así, sin naipes de por medio, tan de blanco, con la seriedad de su oficio, doctor, y evocar las palabras de doña Aristeña cuando nos decía de bachilleres que el porvenir pasaba por los libros y no por los ganados. Claro que de aquella nadie podía pensar que los campos nos quedarían tan chicos. Pero ya me conoce, preferí quedarme allá junto a mis cabezas, ya ve. ¿Qué iba a hacer sino? La ciudad no ofrecía pastos, y nosotros, ¿qué íbamos a ofrecerle nosotros a ella? Mejor hizo usted, que supo ganar estudios bastantes y universitar, y ahí le vemos hoy, tan de blanco, recibiéndose de doctor. Le admiro el sacrifico, bien sabe quien debe. Ya vió que hoy no vine solo. Aquí me he con mi señora esposa Silnira, quizá la recuerde de haberle asistido algún parto.
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